La incertidumbre, lejos de paralizarnos, se convierte en un estímulo para el
aprendizaje. En cada revisión, tratamos de poner nombre a las dudas, documentarlas y
discutirlas en equipo. Esta práctica no elimina los vacíos, pero nos permite avanzar con
mayor honestidad y madurez. Reconocer lo que aún no sabemos no es un síntoma de
debilidad, sino una invitación a seguir buscando. Así, cada zona gris se transforma en
el punto de partida de nuevas preguntas y en la base de futuros aprendizajes colectivos.